Ella era la chica mas envidiada por todas, la de las piernas interminables, la de los labios mas carnosos cuyos besos al aire quemaban como pavesas.
El era uno mas.
Ella era el sueño de todo el que se cruzaba, el sumum, lo inalcanzable,
El era otro de tantos.
Pero el le escribía cartas que nunca llegaban, no era capaz de mandarlas tan altas como para que las alcanzara.
Ella era la diosa de un cielo estratosférico, el uno mas.
El corría como caballo desbocado por las calles del pais de nunca jamás, en su busca, pero no la encontraba.
El ponía gasolina en la estación de servicio de su pueblo para poder pagarse unos estudios que le acercaran a ella, y así lo hizo, estudiaba con libros que olían a diesel en un Jaén en el que el frio cortaba como cuchillos de dos hojas, y le echo ganas, le echó genio y se puso a su altura.
Dejó de ser uno mas, dejó de ser otro de tantos y comenzó a ser él, ahora era el envidiado por el barrio, por el pueblo y por muchos que les jodia lo que hacia, les jodía que quitara mierda de la calle, que dijera verdades como puños, que demostrara que la chica mas guapa del barrio no era mas que una puta que se tapaba los ojos con una venda mientras follaba con engominados de la España que muchos no quieren ni recordar y que hoy brindan con champán.
Ella era la Justicia, el Baltasar Garzón. Hoy le han caido once años de inhabilitación, a mí algún enemigo que dejará de oir esta radio, pero también me ha caido una loza que no se si podré levantar, y es la de la vergüenza de no saber como le explicaré a mi hijo cuando sea un poco mayor, o como le explicaré a mi princesa como se come esto.
La dedicada hoy no es una canción, es una imagen que vale mas que mil palabras, la de una manifestación espontánea en Madrid, en el kilómetro cero del que un dia os hablé. Va por ti Baltasar
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